En la inauguración de la Cátedra Magistral Doctora Matilde Montoya, la secretaria Rosaura Ruiz Gutiérrez ha puesto sobre la mesa una definición que resulta tan necesaria como urgente para el sistema educativo mexicano: la distinción inapelable entre el saber científico y el terreno de las opiniones o los mitos. Desde el Salón Barroco de la BUAP, la titular de la nueva Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación trazó una ruta clara que coloca al pensamiento crítico como la columna vertebral de la formación en nuestras infancias, alejando la instrucción académica de cualquier sesgo ideológico o dogmático. Este planteamiento no es menor, pues implica reconocer que solo a través del rigor de la ciencia las nuevas generaciones podrán enfrentar con éxito un entorno global donde la desinformación parece ganar terreno frente al dato duro y la evidencia verificable.
La ciencia en México no es una aspiración nueva, sino una herencia de éxitos monumentales que debemos reivindicar, como ocurrió con la creación de la píldora anticonceptiva, un hito que transformó la historia de la humanidad y que tuvo como protagonista al químico nayarita Luis Ernesto Miramontes. Este tipo de logros nacionales demuestra que el talento mexicano es capaz de alcanzar la vanguardia mundial cuando se cultiva el rigor académico, tal como lo expuso en esta ocasión la doctora Annie Pardo Cemo al abordar la complejidad de la fibrosis idiopática y los retos del envejecimiento. Al recordar que un joven científico de Nayarit cambió el rumbo de la medicina global, queda claro que la apuesta por la investigación no es un lujo, sino una herramienta de supervivencia y bienestar que debe traducirse en políticas públicas que atiendan las necesidades más apremiantes de la ciudadanía.
Sin embargo, el panorama educativo presenta desafíos que no se pueden ignorar y que la secretaria señaló con puntualidad al referirse a la preocupante disminución en la matrícula de carreras fundamentales como física, matemáticas, biología y filosofía. Es una señal de alerta que debe ser atendida con políticas de incentivo reales, pues sin científicos y humanistas, México corre el riesgo de quedarse rezagado en la carrera por la soberanía tecnológica y el desarrollo del pensamiento crítico. La preocupación por el descenso en el interés hacia estas disciplinas revela una desconexión que el Estado debe reparar si aspira a que las próximas décadas no sean de dependencia, sino de una generación de conocimiento propio que responda a los dilemas de nuestra realidad.
Finalmente, la integración de las humanidades en este esquema permite que el avance tecnológico no pierda su dimensión ética y social, reconociendo que saber de dónde venimos es tan importante como saber hacia dónde nos dirigimos como sociedad. El mensaje de Rosaura Ruiz Gutiérrez en Puebla es, en esencia, un voto de confianza por la racionalidad y el estudio serio como los únicos motores capaces de mover la estructura de un país que necesita urgentemente más investigadores y menos polemistas. Queda esperar que esta visión se materialice en los planes de estudio y que la cátedra magistral sea solo el inicio de un diálogo permanente entre el poder público y la comunidad científica en beneficio de las nuevas generaciones.


